Ana Karenina
Ana Karenina –Y si estuviese usted casado, ¿qué dirÃa su mujer?
Jachvin rió.
–Por eso no me he casado –dijo en tono de broma– y jamás he tenido intención de hacerlo.
–¿Y Helsingfors? –dijo Vronsky entrando en la conversación y mirando a Ana, que sonreÃa. Pero, al encontrarse sus miradas, el rostro de ella adoptó de repente una expresión severa y frÃa con lo que parecÃa querer decir que las cosas estaban igual.
–¿Es posible que no se haya usted enamorado nunca? –preguntó Ana a Jachvin.
–¡Oh, Dios mÃo! ¡Cuántas veces! Pero, compréndalo: ¿puede uno ponerse a jugar a las cartas pensando levantarse de la mesa cuando llegue el momento del rendez-vous ? Yo puedo ocuparme del amor, pero a condición de no hacer esperar al juego… Asà obro en esta cuestión.
–No le pregunto por un entretenimiento cualquiera, sino por un amor verdadero, por..
Ana iba a decir «Helsingfors», pero no quiso repetir aquella palabra que habÃa dicho ya Alexey.
Entonces llegó Voitov, para tratar la compra de un semental, y Ana se levantó y salió de la habitación.