Ana Karenina
Ana Karenina A pesar del desprecio que sentía por el autor, Sergio Ivanovich comenzó la lectura de la crítica con el máximo respeto.
Era algo terrible. El periodista había interpretado la obra de un modo imposible de comprender. Daba, no obstante, algunos extractos de ella, escogidos con tal habilidad, que para los que no la hubiesen leído –y era palmario que casi no la había leído nadie– resultaba evidente que la obra no pasaba de ser un conjunto de palabras huecas a incluso empleadas inoportunamente (lo que subrayaban los signos de interrogación), y que su autor era un hombre totalmente inculto. Y lo peor era que el artículo resultaba tan ingenioso que el propio Kosnichev no habría desdeñado emplear su ingeniosidad, que era lo que lo hacía más terrible.
A pesar de la estricta imparcialidad con que Sergio Ivanovich meditó los argumentos del publicista, no se detuvo en los defectos que le achacaba, ni en los errores de que hacía burla, sino que, involuntariamente, su pensamiento le llevó a recordar su encuentro con el cronista y la conversación que había sostenido con él.
«¿Le habré ofendido en algo?», se preguntaba.