Ana Karenina
Ana Karenina Escuchaba, sonriendo, el relato, y a veces hacía callar al joven. Un tercero, con uniforme de artillería, se sentaba en un baúl, a su lado, y un cuarto dormitaba.
Katavasov trabó conversación con el joven y supo que era un rico comerciante moscovita que había disipado su fortuna antes de cumplir los veintidós años. No agradó a Katavasov, porque era un joven mimado, poco varonil y de débil salud. Se le notaba seguro, sobre todo ahora que había bebido, de realizar un hecho heroico, y se vanagloriaba de él de una manera harto desagradable.
El oficial retirado también causó a Katavasov mal efecto. Era uno de esos hombres que lo han visto todo. Había servido en los ferrocarriles, sido procurador, poseído fábricas, y hablaba de todo ello sin venir a cuento, empleando inadecuadamente expresiones técnicas.
En cambio el artillero despertó la simpatía de Katavasov. Hombre modesto y reposado, se le notaba respetuoso ante la sabiduría del ex oficial de la Guardia y la heroica abnegación del ex comerciante y no hablaba de sí mismo.
Cuando Katavasov le preguntó el motivo de que fuese a Servia, repuso con sencillez:
–Como van todos… Hay que ayudar a los servios. Me dan lástima.