Ana Karenina
Ana Karenina «Hablan animadamente ahora que yo no estoy», pensaba Kitty. «Siento que Kostia no esté. Debe de haber ido a visitar las colmenas. Aunque me entristece que se vaya con tanta frecuencia, no me parece mal, puesto que le distrae. Está más animado y mejor que en primavera. ¡Se le veía tan concentrado en sí mismo, sufría tanto! Me daba miedo, temía por él… ¡Qué tonto es!» pensó riendo.
Sabía que lo que atormentaba a su marido era su incredulidad. Pero, a pesar de que ella, en su fe ingenua, creía que no había salvación para el incrédulo, y que, por lo tanto, su marido estaba condenado, la falta de fe de aquel cuya alma le era más cara que cuanto existía en el mundo, no le producía la menor inquietud. Cada vez que pensaba en ello sonreía y se repetía para sí misma: «Es un tonto».
« ¿Por qué pasará el año leyendo libros filosóficos?», pensaba. «Si todo está explicado en esos libros, puede comprenderlo rápidamente. Y si no lo está, ¿a qué los lee? Él mismo afirma que desearía creer. Pues, ¿por qué no cree? Seguramente porque piensa demasiado. Y piensa tanto porque está mucho a solas. Siempre a solas, siempre… Con nosotros no puede hablar de todo. Estos huéspedes le agradarán, sobre todo Katavasov. Le gustará discutir con él», se dijo.