Ana Karenina

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Y en seguida se puso a pensar en dónde sería más cómodo preparar el lecho para Katavasov, bien solo o con Sergio Ivanovich.

De pronto le asaltó una idea que le estremeció de inquietud desasosegando incluso a Mitia, que la miró con severidad.

«Me parece que la lavandera no ha traído aún la ropa. Si no lo advierto, Agafia Mijailovna es capaz de poner a Sergio Ivanovich ropa ya usada sin lavar … »

Aquel pensamiento hizo afluir la sangre al rostro de Kitty.

«Voy a dar órdenes», decidió.

Y, volviendo a sus pensamientos de un momento antes, recordó que se referían a algo sobre el alma, en lo que no había acabado de reflexionar. Trató de concretar sus ideas.

«¡Ah! Kostia es un incrédulo», se dijo con una sonrisa.

«Pues que se quede sin fe, ya que no la tiene… Es mejór que ser como la señora Stal, o como yo fui en el extranjero. El no es capaz de fingir.» Y a su imaginación se presentó un rasgo de la bondad de su esposo.


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