Ana Karenina

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Así pensaba Levin y al mismo tiempo miraba al reloj, calculando cuánto se podía trillar en una hora, para señalar la faena que debían realizar durante el día.

« Pronto hará una hora que han empezado el trabajo y no han hecho más que comenzar la tercera pila», pensó. Y se acercó a Feódor, y, levantando la voz para dominar el ruido de la trilladora, le ordenó que pusiera menos trigo en la máquina.

–Echas demasiado Feódor. ¿Ves? La máquina se para. Échalo más igual…

Feódor, ennegrecido por el polvo que se le pegaba al rostro cubierto de sudor, replicó algo que no pudo oírse por el ruido de la máquina. Pero pareció no haber comprendido lo que el dueño le decía. Éste se acercó a la trilladora, apartó a Feódor y se puso él en su lugar.

Después de trabajar así hasta casi la hora de ir a comer, Levin saltó del hórreo en unión del echador y al lado de un montón de amarillento centeno preparado ya para trillarlo y separar la semilla, se puso a discutir con él.


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