Ana Karenina
Ana Karenina «¿Para qué se hace todo esto? ¿Por qué estoy aquí, obligándoles a trabajar? ¿Por qué todos se matan trabajando y queriendo mostrarme su celo? ¿Por qué trabaja tanto esa vieja Matriona, mi antigua conocida?» (Levin la había curado, cuando, en un incendio, le había caído encima una viga), se dijo, mirando a una mujer delgada que, apoyando firmemente su pies, quemados por el sol, contra el suelo duro y desigual, removía con su rastrillo las mieses.
« En algún tiempo», pensó Levin, « esta mujer fue hermosa, pero, si no hoy, mañana, o dentro de diez años, cualquier día, acabará de todos modos bajo tierra y no quedará nada de ella. Como tampoco quedará nada de esa muchacha presumida, de vestido rojo, que con movimientos hábiles y delicados separa la espiga de la paja. También a ésa la enterrarán, y muy pronto harán los mismo con esa pobre bestia», pensó, mirando a un caballo que, con el vientre hinchado y respirando con dificultad, arrastraba un pesado carro. «Y a Feódor, que echa ahora el trigo a la trilladora, con su barbita llena de paja y su camisa rota, también le enterrarán. Y, sin embargo, él deshace las gavillas y da las órdenes, grita a las mujeres, arregla la correa del volante. Y, no sólo a ellos los enterrarán, sino que a mí, también. Nada ni nadie de lo que hay aquí permanecerá. ¿Para qué, pues, todo?»