Ana Karenina

Ana Karenina

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Al amanecer, en los carros de transporte, iba a las primeras labores del centeno o a los campos de avena. Volvía a su casa cuando calculaba que su mujer y su cuñada estarían levantándose; tomaba con ellas su desayuno de café y se dirigía a pie a la granja, donde estarían trabajando con la nueva trilladora para preparar las semillas.

Y durante todo este día, hablando con el encargado y los campesinos, charlando, en su casa, con su mujer, con Dolly, con los hijos de ésta o con su suegro, Levin pensaba, además, relacionándolo todo con esta cuestión, en las preguntas que le inquietaban: «¿Qué soy yo? ¿Dónde estoy? ¿Para qué estoy aquí?»

En pie, sintiendo la agradable frescura del hórreo cubierto de olorosas ramas de avellano o apoyado contra las vigas de álamo recién cortado que sostenían el techo de paja, Levin, miraba a través de las puertas abiertas, ante las cuales danzaba el polvo, seco y acre, de la trilladora, o contemplaba la hierba de la era bañada por el ardiente sol, y la paja fresca, recién sacada del almiar, o seguía el vuelo de las golondrinas de pecho blanco y cabecitas abigarradas que se refugiaban chillando bajo el alero y se detenían agitando las alas sobre el ancho portal abierto; y, mientras, continuaba con sus extraños pensamientos.


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