Ana Karenina
Ana Karenina –Si son ranas o no lo son, no lo discuto. Yo no edito periódicos y no quiero defenderlos. Pero sà he de señalar la unidad de opiniones en el mundo intelectual –digo Sergio Ivanovich, dirigiéndose a su hermano.
Levin iba a contestar, pero el viejo PrÃncipe se le adelantó.
–En cuanto a esa unidad de opiniones se puede decir otra cosa –dijo–. Tengo un yerno –Esteban Arkadievich, ustedes ya le conocen–. Ahora se le nombra miembro de no sé qué comisión y algo más que ahora no recuerdo. En este puesto no hay nada que hacer, pero Dolly –esto no es un secreto– percibirá un sueldo de ocho mil rublos. Vayan ustedes a preguntarle si ese cargo tiene alguna utilidad; él les demostrará que no hay otro más necesario. Y no es un hombre embustero; pero le es imposible no creer en la utilidad de los ocho mil rublos.
–SÃ, es verdad, Stiva me ha pedido que diga a Daria Alejandrovna que obtuvo el puesto –dijo Sergio Ivanovich, con visible desagrado, producido por las palabras del PrÃncipe.