Ana Karenina
Ana Karenina Mas no habría podido distinguirlo a no ser por el fulgor de un relámpago que ocultó en aquel momento la claridad de las estrellas a iluminó la faz de su marido. A aquel resplandor fugaz, Kitty lo examinó y, al verlo jubiloso y sereno, floreció en sus labios una sonrisa.
«Ella me comprende» , pensó Levin. « Ella sabe en lo que estoy pensando. ¿Se lo digo o no? Sí, voy a decírselo.»
Pero en el momento en que iba a empezar a hablar, Kitty habló también.
–Oye, Kostia, ¿quieres hacerme un favor? Ve a la habitación del rincón a ver si la han arreglado bien para Sergio Ivanovich. A mí me da cierta vergüenza… ¿Le habrán puesto el lavabo nuevo?
–Bien; voy a ver –dijo Levin, incorporándose y besándola.
«No, no debo hablarle» , pensó, cuando Kitty pasó delante de él. « Se trata de un misterio que sólo yo debo conocer y que no puede explicarse con palabras.