Ana Karenina
Ana Karenina Después de comer, Ana subió a su cuarto a vestirse y Dolly la siguió.
–Te encuentro extraña hoy.
–¿Tú crees? No, no estoy extraña. Lo que pasa es que me siento triste. Esto me sucede de vez en cuando… Tengo como ganas de llorar. Es una tonterÃa; ya pasará –dijo Ana rápidamente, y ocultó su rostro enrojecido de repente, inclinándose hacia el otro lado para rebuscar en un saquito donde guardaba sus pañuelos y su gorro, de dormir. Sus ojos brillaban de lágrimas, que apenas conseguÃa retener–. Salà de San Petersburgo de mala gana y ahora, en cambio, me cuesta irme de aquÃ.
–Hiciste bien en venir, porque has realizado una buena obra –repuso Dolly, mirándola con atención.
Ana volvió hacia ella sus ojos llenos de lágrimas.
–No digas eso, Dolly. Ni hice ni podÃa hacer nada. Hay veces en que me pregunto el porqué de que todos se empeñen en mimarme tanto. ¿Qué he hecho y qué podÃa hacer? Has tenido bastante amor en tu corazón para perdonar, y eso fue todo.
–¡Dios sabe lo que habrÃa pasado de no venir tú! ¡Y es que eres tan feliz, Ana… ! ¡Hay en tu alma tanta claridad y tanta pureza!