Ana Karenina

Ana Karenina

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–Todos tenemos skeletons en el alma, como dicen los ingleses.

–¿Qué skeletons puedes tener tú? ¡Todo es tan claro en tu alma! ––exclamó Dolly.

–No obstante, los tengo –dijo Ana. Y una inesperada sonrisa maliciosa torció sus labios a través de sus lágrimas.

–Tus skeletons se me figuran más divertidos que lúgubres ––opinó Dolly, sonriendo también.

–Te equivocas. ¿Sabes por qué me voy hoy en vez de mañana? Es una confesión que me pesa, pero te la quiero hacer ––dijo Ana, sentándose en la butaca y mirando a Dolly a los ojos.

Y, con gran sorpresa de Dolly, su cuñada palideció hasta la raíz de sus cabellos rizados.

–¿Sabes por qué no ha venido Kitty a comer? –preguntó Ana–. Tiene celos de mí; he destruido su felicidad. Yo he tenido la culpa de que el baile de anoche, del que esperaba tanto, se convirtiese para ella en un tormento. Pero la verdad es que no soy culpable, o si lo soy, lo soy muy poco… ––dijo recalcando las últimas palabras.

–Hablas lo mismo que Stiva –dijo Dolly, sonriendo.

–¡Oh, no, no soy como él! Si te cuento esto, es porque no quiero dudar ni un minuto de mí misma.


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