Ana Karenina

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–No quisiera ni oírte –dijo el Príncipe con seriedad, levantándose y como si fuera a marcharse, pero deteniéndose en el umbral–. Hay leyes, sí; las hay, mujer. Y si quieres saber quién es el culpable, te lo diré: tú y nadie más que tú, Siempre ha habido leyes contra tales personajes y las hay aún. ¡Sí, señora! Si no hubieran ido las cosas como no debían, si no hubieseis sido vosotras las primeras en introducirle en nuestra casa, yo, un viejo, habría sabido llevar a donde hiciera falta a ese lechuguino. Pero como las cosas fueron como fueron, ahora hay que pensar en curar a Kitty y en enseñarla a todos esos charlatanes.

El Príncipe parecía tener aún muchas cosas más por decir, pero apenas le oyó la Princesa hablar en aquel tono, ella, como hacía siempre tratándose de asuntos serios, se arrepintió y se humilló.

–Alejandro, Alejandro… –murmuró, acercándose a él, sollozante.

En cuanto ella comenzó a llorar, el Príncipe se calmó a su vez. Se aproximó también a su esposa.

–Basta, basta… Ya sé que sufres como yo. Pero ¿qué podemos hacer? No se trata en resumidas cuentas de un grave mal. Dios es misericordioso… démosle gracias… –continuó sin saber ya lo que decía y contestando al húmedo beso de la Princesa que acababa de sentir en su mano. Luego salió de la habitación.


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