Ana Karenina
Ana Karenina «SÃ; es preciso resolver esto y acabar. Debo explicarle mi modo de entender las cosas y mi decisión». «Pero, ¿cuál es mi decisión? ¿Qué voy a decirle?» , se preguntaba reanudando otra vez su paseo, al llegar al salón, y no hallaba respuesta. «A fin de cuentas», volvÃa a repetirse antes de regresar a su despacho, «a fin de cuentas, ¿qué ha sucedido? Nada. Ella habló con él largo rato. ¿Pero qué tiene eso de particular, qué? No hay nada de extraordinario en que una mujer hable con todos… Por otra parte, tener celos significa rebajarla y rebajarme» , concluÃa al llegar al gabinete de Ana.
Más semejante reflexión, generalmente de tanto peso para él, al presente carecÃa de valor, no significaba nada.
Y desde la puerta de la alcoba volvÃa a la sala, y apenas entraba en su oscuro recinto una voz interna le decÃa que aquello no era asÃ, y que si los otros habÃan observado algo era señal de que algo existÃa.
Y, ya en el comedor, se decÃa de nuevo:
«SÃ, hay que decidirse y terminar esto; debo decirle lo que pienso de ello». Mas en el salón, antes de dar la vuelta, se preguntaba: «Decidirse sÃ, pero ¿en qué sentido?». Y al interrogarse: «Al fin y al cabo, ¿qué ha sucedido?» , se contestaba: «Nada», recordando una vez más que los celos son un sentimiento ofensivo para la esposa.