Ana Karenina
Ana Karenina Pero al llegar al salón volvía a tener la certeza de que algo había sucedido, y sus pasos y sus pensamientos cambiaban de dirección sin por ello encontrar nada nuevo.
Alexey Alejandrovich lo advirtió, se frotó la frente y se sentó en el gabinete de Ana.
Allí, mientras miraba la mesa, con la carpeta de malaquita en la que había una nota a medio escribir, sus pensandentos se modificaron de repente. Comenzó a pensar en Ana, en lo que podría sentir y pensar.
Por primera vez imaginó la vida personal de su mujer, lo que pensaba, lo que sentía… La idea de que ella debía tener una vida propia le pareció tan terrible que se apresuró a apartarla de sí. Temía contemplar aquel abismo. Trasladarse en espíritu y sentimiento a la intimidad de otro ser era una operación psicológica completamente ajena a Alexey Alejandrovich, que consideraba como una peligrosa fantasía tal acto mental.
«Y lo terrible es que precisamente ahora, cuando toca a su realización mi asunto», pensaba, refiriéndose al proyecto que estaba llevando a cabo, «es decir, cuando necesitaría toda la serenidad de espíritu y todas mis energías morales, precisamente ahora me cae encima esta preocupación. Pero ¿qué puedo hacer? Yo no soy de los que sufren contrariedades y disgustos sin osar mirarlos cara a cara».