Ana Karenina
Ana Karenina Pero aquel momento de tranquilidad que habÃa de permitirle reflexionar no llegaba nunca.
Cada vez que pensaba en lo que habÃa hecho, en lo que serÃa de ella y en lo que debÃa hacer, el horror se apoderaba de Ana y procuraba alejar aquellas ideas.
«Después, después» , se repetÃa. «Cuando me encuentre más tranquila.»
Pero en sueños, cuando ya no era dueña de sus ideas, su situación aparecÃa ante ella en toda su horrible desnudez. Soñaba casi todas las noches que los dos eran esposos suyos y que los dos le prodigaban sus caricias. Alexey Alejandrovich lloraba, besaba sus manos y decÃa:
–¡Qué felices somos ahora!
Alexey Vronsky estaba asimismo presente y era también marido suyo. Y ella se asombraba de que fuese un hecho lo que antes parecÃa imposible y comentaba, riendo, que aquello era muy fácil y que asà todos se sentÃan contentos y felices.
Pero este sueño la oprimÃa como una pesadilla y despertaba siempre horrorizada.