Ana Karenina

Ana Karenina

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–Desde hace dos años, cuando usted nos enseñó a hacerlo. ¿No se acuerda que nos regaló dos medidas?

De ello, vendimos una parte y sembramos el resto.

–Bien, desmenuza con cuidado la tierra –dijo Levin, acercándose al caballo– y vigila a Michka. Si la siembra crece bien, te daré cincuenta copecks por deciatina.

–Muchas gracias. Pero ya estamos contentos de usted sin necesidad de eso.

Levin montó y se dirigió al prado en el que sembraron el trébol el año anterior, y que ahora estaba preparado y arado para sembrar trigo. El trébol, que había crecido mucho en el rastrojo, estaba ya muy alto.

Su vivo verdor destacaba entre los secos tallos de trigo del año pasado y la cosecha prometía ser magnífica.

El caballo de Levin se hundía hasta las corvas y, con sus patas, chapoteaba vigorosamente, luchando por salir de la tierra medio helada. Como no se podía pasar por el campo arado, el caballo sólo pisaba fuerte allí donde quedaba algo de hielo, pero en los surcos, ablandados por el deshielo, el animal se hundía hasta los jarretes.


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