Ana Karenina
Ana Karenina –¿Regalado? –dijo Esteban Arkadievich con benévola sonrisa, sabiendo que Levin ahora lo encontrarÃa todo mal.
–Un bosque vale por lo menos quinientos rublos por deciatina –aseveró Levin.
–¡Cómo sois los propietarios rurales! –bromeó Esteban Arkadievich–. ¡Qué tono de desprecio hacia nosotros, los de la ciudad! Pero luego, cuando se trata de arreglar algún asunto, resulta que nosotros lo hacemos mejor. Lo he calculado todo, créeme, Y he vendido el bosque tan bien que sólo temo que Riabinin se vuelva atrás. Ese bosque no es maderable –continuó, tratando de convencer a Levin, diciendo que no era « maderable» , de lo equivocado que estaba–. No sirve más que para leña. No se obtienen más de treinta sajeñs por deciatina y Riabinin me da doscientos rublos por deciatina.
Levin sonrió despreciativamente.
«Conozco el modo de tratar asuntos que tienen los habitantes de la ciudad. Vienen al pueblo dos veces en diez años, recuerdan dos o tres expresiones populares y las dicen luego sin ton ni son, imaginando que ya han hallado el secreto de todo. ¡«Maderable» ! ¡«Levantar treinta sajeñs»! Pronuncia palabras que no entiende», pensó Levin.