Ana Karenina
Ana Karenina –Yo no trato de ir a enseñarte lo que tienes que hacer en tu despacho, y en caso necesario voy a consultarte ––dijo en alta voz–. En cambio, tú estás convencido de que entiendes algo de bosques. ¡Y entender de eso es muy difÃcil! ¿Has contado los árboles?
–¡Contar los árboles! ––contestó riendo Esteban Arkadievich, que deseaba que su amigo perdiese su triste disposición de ánimo–. «¡Oh! Contar granos de arena y rayos de estrellas, ¿qué genio lo podrÃa hacer?» ––declamó sonriente.
–Cierto; pero el genio de Riabinin es muy capaz de eso. Y ningún comprador comprarÃa sin contar, excepto en el caso concreto de que le regalaran un bosque, como ahora. Yo conozco bien tu bosque. Todos los años voy a cazar allÃ. Tu bosque vale quinientos rublos por deciatina al contado y Riabinin te paga doscientos a plazos. Eso significa que le has regalado treinta mil rublos.
–Veo que quieres exagerar ––contestó Esteban Arkadievich–. ¿Cómo es que nadie me los daba?
–Porque Riabinin se ha puesto de acuerdo con los demás posibles compradores, pagándoles para que se retiren de la competencia. No son compradores, sino revendedores. Riabinin no realiza negocios para ganar el quince o veinte por ciento, sino que compra un rublo por veinte copecks.
–Vamos, vamos; estás de mal humor y…