Ana Karenina
Ana Karenina –No lo creas –dijo Levin con gravedad.
Llegaban ya a casa.
Junto a la escalera se veÃa un charabán tapizado de piel y con armadura de hierro y uncido a él un caballo robusto, sujeto con sólidas correas. En el carruaje estaba el encargado de Riabinin, que servÃa a la vez de cochero. Era un hombre sanguÃneo, rojo de cara, y llevaba un cinturón muy ceñido.
Riabinin estaba ya en casa; y los dos amigos le hallaron en el recibidor. Era alto, delgado, de mediana edad, con bigote y con la prominente barbilla afeitada con esmero. TenÃa los ojos saltones y turbios. VestÃa una larga levita azul, con botones muy bajos en los faldones, y calzaba botas altas, arrugadas en los tobillos y rectas en las piernas, protegidas por grandes chanclos.
Con gesto enérgico se secó el rostro y se arregló is levita, aunque no lo necesitaba. Luego saludó sonriendo a los recién llegados, tendiendo una mano a Esteban Arkadievich como si desease atraparle al vuelo.
–¿Conque ya ha llegado usted? –dijo Esteban Arkadievich–. ¡Muy bien!
–Aunque el camino es muy malo, no osé desobedecer las órdenes de Vuestra SeñorÃa. Tuve que apresurarme mucho, pero llegué a la hora. Tengo el gusto de saludarle, Constantino Dmitrievich.