Ana Karenina

Ana Karenina

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Y aunque la respuesta no significaba gran cosa, el general tomó el aspecto de quien ha oído algo muy ingenioso de boca de un hombre inteligente y en cuyas palabras sabía él percibir bien la pointe de la sauce â€¦

–En estas cosas –seguía Karenin– hay dos puntos que considerar: los actores y los espectadores. Convengo en que el amor a estos espectáculos es signo indudable del bajo nivel mental del público, pero…

–¡Una apuesta, Princesa! –gritó desde abajo la voz de Esteban Arkadievich–. ¿Por quién apuesta usted?

–Ana y yo apostamos por el príncipe Kuzovlev –contestó Betsy.

–Y yo por Vronsky. ¿Va un par de guantes?

–Va.

–¡Qué hermoso espectáculo! ¿Verdad?

Alexey Alejandrovich calló mientras hablaban junto a él y luego recomenzó:

–Conforme con que los juegos no varoniles…

Iba a continuar, pero en aquel momento dieron la salida a los jinetes y todos se levantaron y miraron hacia el riachuelo.

Karenin no se interesaba por las carreras. No miró, pues, a los corredores. Sus ojos cansados se dirigieron distraídamente al público y se posaron en Ana.


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