Ana Karenina
Ana Karenina El rostro de su mujer estaba pálido y serio. Se notaba no veía sino a uno solo de los corredores.
Contenía la respiración y su mano oprimía convulsivamente el abanico.
Karenin, después de haberla mirado, volvió precipitadamente la cabeza, dirigiendo la vista a otros semblantes.
«Aquella otra señora… y esas otras también… Están muy emocionadas; es natural», se dijo Alexey Alejandrovich.
No quería mirar a Ana, pero involuntariamente sus ojos se volvieron hacia ella. Estudiaba su rostro tratando, y no queriendo a la vez, leer lo que en él estaba tan claramente escrito y, contra su deseo, leía lo que deseaba ignorar.
La primera caída –la de Kuzovlev en el riachuelo– los impresionó a todos, pero Karenin leía en el pálido y radiante rostro de Ana el júbilo de que aquel a quien miraba no hubiera caído. Cuando Majotin y Vronsky saltaron la valla grande y el oficial que les seguía cayó de cabeza falleciendo en el acto, Karenin observó que Ana no le veía ni casi reparaba en el murmullo de horror que agitaba a los espectadores, y que apenas sentía los comentarios que se hacían en su alrededor.