Ana Karenina
Ana Karenina –¡Dios mÃo, qué aspecto tienes! –exclamó su hermano desagradablemente sorprendido al principio por la apariencia de Levin–. ¡Pero cierra la puerta! –exclamó casi gritando–. De seguro que has hecho entrar por lo menos diez moscas.
Sergio Ivanovich aborrecÃa las moscas. En su habitación sólo abrÃa las ventanas por las noches y cerraba con cuidado las puertas.
–Te aseguro que no ha entrado ni una. Y si ha entrado la cazaré. ¡No sabes qué placer ocasiona trabajar asÃ! ¿Cómo has pasado tú el dÃa?
–Muy bien. Pero ¿es posible que hayas estado segando todo el dÃa? Me figuro que debes de tener más hambre que un lobo. Kusmá te ha preparado la comida.
–No tengo apetito, pues he comido allÃ. Lo que haré es lavarme.
–Muy bien, ve a lavarte y luego iré yo a tu cuarto –dijo Sergio Ivanovich, moviendo la cabeza y mirando a su hermano–. Ve a lavarte, ve…
Y, recogiendo sus libros, se dispuso a seguir a su hermano, cuyo aspecto optimista le animaba hasta el punto de que ahora sentÃa separarse de él.
–¿Y dónde te has metido cuando la lluvia? –preguntó.
–¡Vaya una lluvia! Unas gotas de nada. Ea; vuelvo en seguida. ¿De modo que has pasado bien el dÃa? Me alegro.