Ana Karenina
Ana Karenina Levin, para disculparse, comenzó a relatarle lo que sucedÃa en las reuniones.
–Ya se sabe que siempre pasa asà –le interrumpió su hermano–. Los rusos somos de ese modo. Tal vez la facultad de ver los defectos propios sea un hermoso rasgo de nuestro carácter. Pero los exageramos y nos consolamos de ellos con la ironÃa que tenemos siempre en los labios. Una cosa te diré: si otro pueblo cualquiera de Europa hubiese tenido una institución análoga a la de los zemstvos –por ejemplo, los alemanes o los ingleses–, la habrÃan aprovechado para conseguir su libertad polÃtica. En cambio nosotros sólo sabemos reÃmos de ella.
–¿Qué querÃas que hiciera? –replicó Levin, excusándose–. Era mi última prueba, puse en ella toda mi alma… Pero no puedo, no tengo aptitudes.
–No es que no tengas: es que no enfocas bien el asunto –dijo Sergio Ivanovich.
–Tal vez tengas razón ––concedió Levin abatido.
–¿Sabes que nuestro hermano Nicolás está otra vez en Moscú?
Nicolás, hermano de Constantino y de Sergio, por parte de madre, y mayor que los dos, era un calavera.