Ana Karenina
Ana Karenina
–Kitty me escribe que no desea sino soledad y silencio –dijo Dolly.
–¿Está mejor de salud? –preguntó Levin con emoción.
–Gracias a Dios se encuentra completamente bien. No creà nunca que padeciera una afección pulmonar.
–¡Me alegra mucho saberlo! ––exclamó Levin.
Y Dolly, mirándole en silencio mientras hablaba, leyó en su rostro una expresión suave y conmovedora.
–Escuche, Constantino Dmitrievich ––dijo Daria Alejandrovna, con su sonrisilla bondadosa y un tanto burlona–: ¿está usted disgustado con Kitty?
–¿Yo? No –repuso él.
–Pues, si no lo está, ¿cómo es que no fue a vernos, ni a ellos ni a nosotros, cuando estuvo en Moscú?
–Daria Alejandrovna -dijo sonrojándose hasta las raÃces capilares–, me extraña que usted, que es tan buena, no comprenda… ¿Cómo no siente usted, por lo menos, compasión de mÃ, sabiendo que… ?
–¿Sabiendo qué?
–Sabiendo que me declaré a Kitty y que ella me rechazó –dijo Levin.