Ana Karenina
Ana Karenina Y la emoción que un instante antes le inspiraba el recuerdo de Kitty se convirtió en irritación al pensar en el desaire sufrido.
–¿Por qué se figura que lo sé?
–Porque todos lo saben.
–Está usted en un error. Yo no lo sabía, aunque lo imaginaba.
–Pues ahora ya lo sabe.
–Yo sólo sabía que algo le apenaba, pero ella me rogó que no le hablara a nadie de su tristeza. Si no me contó a mí lo sucedido, es seguro que no lo haya hecho a nadie. Pero, dígame, ¿qué es lo que pasó entre ustedes?
–Ya se lo he dicho.
–¿Cuándo fue?
–La última vez que estuve en su casa.
–¿Sabe lo que voy a decirle? –repuso Dolly–. Que Kitty me da mucha pena, mucha… En cambio, usted no siente más que el amor propio ofendido.
–Quizá, pero… –empezó Levin.
Dolly le interrumpió:
–En cambio, por la pobre Kitty siento mucha compasión. Ahora lo comprendo todo.
–Sí, sí, Daria Alejandrovna… Pues, nada, usted me dispensará, pero… –indicó Levin, levantándose–. Hasta la vista, ¿eh?