Ana Karenina

Ana Karenina

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–Espere, espere y siéntese –dijo ella cogiéndolo por la manga.

–Le ruego que no hablemos más de eso –indicó sentándose y sintiendo a la vez renacer en su corazón esperanzas que creía enterradas para siempre.

–Si yo no lo apreciara y conociera como lo conozco… –dijo Dolly, con lágrimas en los ojos.

El sentimiento que creía muerto se apoderaba más cada vez su alma.

–Sí, ahora lo comprendo todo –repitió Dolly–. Ustedes, los hombres, que son libres y pueden siempre escoger, no pueden comprenderlo… Pero una joven, obligada a esperar, con su pudor femenino, recato virginal, una joven que sólo les trata a ustedes de lejos y ha de fiarse de su palabra… Una joven así puede experimentar un sentimiento sin saber explicárselo.

–Pero cuando el corazón habla…

–El corazón puede hablar, piénselo bien: cuando ustedes se interesan por una muchacha, van a su casa, la tratan, la miran, esperan, estudian lo que sienten, analizan sus impresiones y, si están seguros de que la aman, entonces le piden la mano.

–Las cosas no son precisamente así.


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