Ana Karenina
Ana Karenina –Es igual. Ustedes se declaran cuando su amor ha madurado lo suficiente o cuando, entre dos que les interesan, su voluntad se inclina por una. Y a ella no se le pregunta nada. Ustedes desean que ella escoja; pero ella no puede escoger: sólo le cabe decir sà o no.
«SÃ; la elección entre Vronsky y yo», pensó Levin.
Y el sentimiento que resucitaba en su alma pareció morir de nuevo y atormentarle el corazón.
–Mire, Daria Alejandrovna: asà se eligen los vestidos, pero no el amor. La elección se hace por sà sola, y una vez hecha, hecha está. Las cosas no se repiten.
–¡Oh, cuánto orgullo! –exclamó Dolly–, ¡cuánto orgullo! –repitió aún, como si despreciara aquel bajo sentimiento que se manifestaba en Levin, comparándolo con el otro que sólo las mujeres conocen–. Cuando usted se declaró a Kitty, ella no estaba en situación de responder. Dudaba entre usted y Vronsky. A éste lo veÃa a diario, a usted hacÃa tiempo que no lo veÃa. Si Kitty hubiese tenido más edad, claro que… Yo, por ejemplo, en su lugar, no habrÃa dudado. Vronsky a mà me fue siempre muy antipático. Y asà salió.
Levin recordó la respuesta de Kitty. Le habÃa dicho: «No, no puede ser» .