Ana Karenina
Ana Karenina «¡No: es imposible, imposible!», dijo en voz alta, mientras comenzaba a desenrollar otra vez la manta. «Yo no quiero ser desgraciado, pero tampoco que ni él ni ella sean dichosos.»
El sentimiento de celos que experimentara mientras ignoraba la verdad se disipó en cuanto las palabras de su mujer le arrancaran la muela dolorida. A aquel sentimiento lo sustituía otro: el de que su mujer no sólo no debía triunfar, sino que debía ser castigada por su delito. No reconocía que experimentara tal sentimiento, pero en el fondo de su alma deseaba que ella sufriese, en castigo a haber destruido la tranquilidad y mancillado el honor de su marido. Y, estudiando de nuevo las posibilidades de duelo, divorcio y separación, y rechazándolas todas otra vez, Alexey Alejandrovich concluyó que sólo quedaba una salida: retener a Ana a su lado, ocultar ante la sociedad lo sucedido y procurar por todos los medios terminar aquellas relaciones, ese era el medio más eficaz de castigarla, aunque no quería confesárselo.
«Debo comunicarle que mi decisión es, una vez examinada la posición en que ha puesto a la familia, y considerando que cualquier otra medida sería peor para ambas partes, mantener el «statuto quo» exterior, con el cual estoy conforme, a condición inexcusable de que cumpla enteramente mi voluntad, es decir, suspenda toda relación con su amante.»