Ana Karenina
Ana Karenina Y cuando hubo adoptado definitivamente esta resolución, acudió a la mente de Alexey Alejandrovich un pensamiento muy importante como refuerzo:
«Sólo con esta decisión obro según las prescripciones eclesiásticas», se dijo. «Únicamente así no arrojo de mi lado a la mujer criminal y le doy probabilidades de arrepentirse, e incluso, aunque esto me sea muy penoso, consagro parte de mis fuerzas a su corrección y salvación.»
Alexey Alejandrovich sabía que carecía de autoridad moral sobre su mujer y que de aquel intento de corregirla no surgiría más que una farsa, y, a pesar de que en todos aquellos tristes instantes no hubiera pensado ni una sola vez en buscar orientaciones en la religión, ahora, cuando la resolución tomada le parecía coincidir con los mandatos de la Iglesia, esta sanción religiosa de lo que había decidido le satisfacía plenamente y, en parte, lo calmaba.
Le era agradable pensar que, en una decisión tan importante para su vida, nadie podría decir que había prescindido de los mandatos de la religión, cuya bandera él había sostenido muy alta en medio de la indiferencia y frialdad generales.