Ana Karenina

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–¿Quejarme yo? ¡Por nada del mundo! Contestan a uno de tal modo que hasta le hacen arrepentirse de haberse quejado. Y si no, un ejemplo: los obreros de la fábrica pidieron dinero adelantado y luego se fueron. ¿Y qué hizo el juez? ¡Les absolvió! Los únicos que sostienen con firmeza la autoridad son el Juzgado comarcal y el síndico mayor. Éste sí; les ajusta las cuentas como en el buen tiempo antiguo, y, si no fuera así, más valdría dejarlo todo y huir al otro extremo del mundo.

Era evidente que el propietario trataba, con sus palabras, de excitar a Sviajsky, pero éste, en vez de excitarse, se divertía.

–Pues nosotros, Levin aquí presente, el señor, yo… –dijo, señalando al otro propietario y sonriendo–, dirigimos nuestras tierras sin esos procedimientos.

–Sí, las cosas van bien en la finca de Mijail Petrovich, pero pregúntele cómo… ¿Es eso por ventura una explotación «racional»? –exclamó el viejo, al parecer envanecido por haber empleado la palabra «racional».



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