Ana Karenina

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–Mi modo de administrar la finca es muy sencillo –dijo Mijail Petrovich–, y he de dar gracias a Dios. Toda mi preocupación es preparar dinero para las contribuciones de otoño. Luego vienen los aldeanos: «Padrecito, por Dios, ayúdenos». Vienen todos, amigos míos, y me dan lástima. Yo les doy para pasar el próximo trimestre y les digo: «Muchachos, acuérdense de que les he ayudado y ayúdenme cuando los necesite para sembrar avena, arreglar el heno o segar». Y así les pongo condiciones por cada contribución que les pago. Es verdad que también hay desagradecidos entre ellos…

Levin, que conocía desde mucho atrás aquellos métodos «patriarcales», cambió una mirada con Sviajsky e interrumpió a Mijail Petrovich, dirigiéndose al de los bigotes canosos.

–¿Cómo opina usted –preguntó– que hay que dirigir las fincas?

–Como lo hace Mijail Petrovich, o dando las tierras a medias o arrendándolas a los campesinos. Todo esto es posible, pero con ello se destruye la riqueza del país. Allí donde la tierra, bien cuidada durante la servidumbre, me daba nueve, a medias me da tres. ¡La emancipación ha arruinado a Rusia!

Sviajsky miró a Levin sonriendo y hasta le hizo una leve señal irónica.


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