Ana Karenina
Ana Karenina –Yo no lo veo asà –repuso seriamente Sviajsky–. Sólo veo que no sabemos administrar bien nuestras fincas y que, por el contrario, el nivel de la economÃa durante la servidumbre no era elevado, sino muy bajo. No tenemos buenas máquinas ni buenos animales de labor, ni buena dirección, ni sabemos hacer cálculos. Pregunte a un propietario y no sabrá decirle lo que es ventajoso y lo que no.
–¡SÃ: contabilidad a la italiana! –repuso el propietario irónicamente–. Pero, cuente usted como quiera, si se lo estropean todo, no sacará ningún beneficio.
–¿Por qué van a estropeárselo? Una porquerÃa de trilladora, una apisonadora rusa, se la estropearán, pero no mi máquina de vapor. Un caballejo ruso… ¿cómo se llaman?, los de esa endiablada raza a los que hay que arrastrar por la cola, esos podrán estropeárselos, pero si tiene usted buenos percherones, no se los estropearán. Y todo asÃ. Es preciso elevar el nivel de la vida rural.
–Para eso hay que tener dinero, Nicolás Ivanovich. En usted está bien, pero yo tengo un hijo, a quien debo educar en la Universidad, y otros pequeños a quienes pago el colegio. De modo que no puedo comprar percherones.
–Para eso están los bancos.