Ana Karenina

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–¿Lo ve usted? ¡Usted mismo lo ha dicho! Para que la aldeana no lleve a curar a su niño a la pértiga de un gallinero es preciso…

–¡No! –dijo Levin irritado–. Esa curación del niño en la pértiga es para mí como la curación del pueblo en las escuelas. El pueblo es pobre a inculto. Eso lo vemos ambos con tanta claridad como la mujer ve la tos ferina porque el niño tose. Pero es tan incomprensible que las escuelas puedan hacer algo por la incultura y la miseria del pueblo como lo es que el niño cure de la tos ferina por ponérsele en la pértiga del gallinero. Lo que hay que aclarar es el motivo de la miseria del labriego.

–En eso, al menos, coincide usted con Spencer, que tan poco le gusta. También opina que la cultura sólo puede ser el resultado del bienestar y las comodidades de la vida y los frecuentes baños, como dice él, pero nunca del saber leer y contar.

–Celebro, o mejor dicho lamento, coincidir con Spencer. Pero sabía lo que dice hace mucho… Las escuelas no valen para nada; sólo serán útiles cuando el pueblo, siendo más rico y teniendo más tiempo libre, pueda frecuentarlas.

–Sin embargo, ahora, en toda Europa la enseñanza es obligatoria.

–¿Está usted de acuerdo en eso con Spencer o no? –repuso Levin.


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