Ana Karenina
Ana Karenina Antes, el aspecto de su hermano, con su terrible delgadez y su estado enfermizo, era aterrador; pero ahora habÃa adelgazado todavÃa más y se lo veÃa completamente agotado. Era un esqueleto cubierto sólo con la piel.
Nicolás, de pie en el recibidor, sacudÃa su cuello delgado, quitándose la bufanda, mientras sonreÃa de un modo lastimero y extraño. Viendo aquella sonrisa débil y sumisa, Levin sintió que un sollozo le oprimÃa la garganta.
–¡Al fin he venido a tu casa –dijo Nicolás, con voz apagada, sin apartar un segundo los ojos del rostro de su hermano–. Hace tiempo que me lo proponÃa, pero me hallaba muy mal. Ahora mi salud ha mejorado mucho –concluyó secándose la barba con las grandes y flacas palmas de sus manos.
–Bien, bien –contestó Levin.
Y se asustó más aún cuando, al besar a su hermano, sintió en sus labios la sequedad de su cuerpo y vio de cerca el extraño brillo de sus grandes ojos.
Algunas semanas antes, Constantino Levin le habÃa escrito a Nicolás diciéndole que habÃa vendido la pequeña parte de tierras que quedaba sin repartir y que podÃa cobrar lo que le correspondÃa, que eran unos dos mil rublos.