Ana Karenina
Ana Karenina Nicolás dijo que venÃa a cobrar aquella cantidad y, sobre todo, a pasar algún tiempo en la casa natal, tocar con su planta la tierra y, como los antiguos héroes, recibir fuerzas de ella para su futura actividad.
A pesar de su mayor encorvamiento, de su increÃble delgadez, sorprendente en su estatura, sus movimientos eran, como siempre, rápidos a impulsivos.
Levin lo acompañó a su despacho. Su hermano se mudó con especial cuidado –cosa que antes no hacÃa nunca–, peinó sus cabellos escasos y rÃgidos y subió, sonriendo, al piso alto.
Estaba de excelente humor, alegre y cariñoso como su hermano lo recordaba en la infancia, y hasta mencionó sin rencor a Sergio Ivanovich. Al ver a Agafia Mijailovna, bromeó con ella y le preguntó por los antiguos servidores. Se impresionó al saber la muerte de Parfen Denisich y en su rostro se dibujó una expresión de temor; pero se recobró en seguida.
–Era muy viejo –observó, cambiando de conversación–. Pues sÃ, pasaré contigo un par de meses y luego me volveré a Moscú. Miagkov me ha prometido un empleo; trabajaré… Quiero modiîicar mi vida –continuó diciendo–. ¿Sabes que me he separado de aquella mujer?
–¿De MarÃa Nicolaevna? ¿Por qué?