Ana Karenina
Ana Karenina Nada más que esto podÃan haberse dicho de haber hablado con el corazón en la mano. Pero asà habrÃa sido imposible vivir y por ello Constantino se esforzaba en hacer lo que habÃa intentado durante toda su existencia y lo que habÃa observado que otros hacÃan tan bien, aquello sin lo cual la vida era imposible: decir lo que no pensaba. Continuamente se daba cuenta de que no conseguÃa su propósito, de que su hermano le adivinaba el juego, y ello lo llenaba de irritación.
Al tercer dÃa, Nicolás pidió a su hermano que le explicase su plan y, no sólo lo criticó, sino que, adrede, lo empezó a confundir con el comunismo.
–Has tomado un pensamiento ajeno, lo has estropeado y quieres aplicarlo aquà en donde es inaplicable.
–Te digo que no tiene nada que ver con el comunismo, el cual niega la propiedad, el capital y la herencia. Yo no niego ese estÃmulo esencial –aunque Levin odiaba estas palabras, desde que se ocupaba de aquella cuestión empleaba con más frecuencia terminologÃa extranjera–. Yo no aspiro más que a regular el trabajo.
–Es decir, que has tomado una idea ajena, quitándole cuanto tenÃa de sólido, y aseguras que es algo nuevo –dijo Nicolás, arreglándose nerviosamente la corbata.
–Mi idea no tiene nada de común con…