Ana Karenina
Ana Karenina –En aquello otro –decÃa Nicolás, con los ojos brillantes de irritación y sonriendo con ironÃa– hay por lo menos el encanto de lo geométrico, el encanto de lo claro y evidente. Quizá sea una utopÃa, pero imaginemos que pueda hacerse tabla rasa de todo lo pasado y no haya ya ni propiedad ni familia, y según eso se organiza el trabajo. ¡Pero tú no ofreces nada de eso!
–¿Por qué te empeñas en confundir las cosas? Jamás he sido comunista.
–Yo lo he sido y la idea me pareció prematura, pero razonable para el porvenir, como el cristianismo en los primeros tiempos.
–Pues yo no creo sino que hay que considerar la mano de obra desde el punto de vista de la Naturaleza, estudiarla, conocer sus caracterÃsticas y…
–Es del todo inútil. Esa fuerza halla por sà sola el empleo propio de su actividad, a medida que se desarrolla. En todas partes ha habido primero esclavos y luego trabajadores a medias. También nosotros los tenemos; existen peones, colonos… ¿Qué buscas aún?
Levin se estremeció al oÃrlo, porque en el fondo de su ser adivinaba que el reproche era cierto, que acaso trataba de situarse entre el comunismo y el sistema establecido y que probablemente ello era imposible.