Ana Karenina

Ana Karenina

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–Busco medios de trabajar con provecho para mí y para el trabajador. Quiero arreglar… –empezó animadamente.

–No quieres arreglar nada. Has vivido siempre así, tratando de ser un hombre original y mostrar que si explotas a los campesinos es en nombre de una idea.

–Bien: si lo crees así, déjame en paz- contestó Levin, sintiendo que el músculo de su mejilla izquierda temblaba involuntariamente.

–No has tenido ni tienes opiniones personales, y no aspiras más que a satisfacer tu amor propio.

–Bien; supongamos que así sea y déjame en paz.

–Muy bien, te dejo en paz y ya puedes irte al diablo. Lamento profundamente haber venido.

Pese a todos los esfuerzos de Levin para calmar a su hermano, Nicolás ya no quiso escuchar nada más, diciendo que valía más separarse, y Constantino comprendió que su hermano estaba ya harto de vivir allí.

Ya se hallaba Nicolás preparado para marcharse cuando Levin entró en su cuarto y le pidió, algo forzadamente, que le perdonara si le había ofendido en algo.

–¡Oh, qué alma tan magnánima! –dijo Nicolás, sonriendo–. Si quieres quedar como justo, te concedo ese placer. Tienes razón; admito tus excusas, pero, de todos modos, me marcho.


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