Ana Karenina
Ana Karenina Antes de despedirse, Nicolás besó a su hermano y le dijo, mirándole con gravedad a los ojos:
–A pesar de todo, no me guardes rencor, Kostia.
Y su voz temblaba.
Fueron éstas las únicas palabras sinceras que pronunciaron.
Levin entendió que debÃa interpretarlas asÃ: «Ya ves y sabes lo mal que estoy, y que acaso no volvamos a vernos». Lo comprendió y las lágrimas brotaron de sus ojos. Besó una vez más a su hermano, pero no supo ni pudo decirle nada.
A los tres dÃas de haberse ido Nicolás, Levin marchó al extranjero.
En el tren encontró a Scherbazky, el primo hermano de Kitty, quien se extrañó de su aspecto sombrÃo.
–¿Qué te pasa? –le preguntó.
–Nada. Pero en este mundo hay muy pocas cosas alegres.
–¿Que hay pocas cosas alegres? ¿Quieres venir conmigo a ParÃs en lugar de ir a ese Mulhouse? ¡Ya verás si aquello es alegre o no!
–Para mà todo esto ha pasado y es hora ya de ir pensando en la muerte.
–¡Caramba! ¡Dices unas cosas! ¡Y yo que me dispongo a comenzar a vivir!