Ana Karenina
Ana Karenina –¿Qué tiene eso que ver? Tampoco ahora dejo de pensar en la muerte –repuso Levin–. Verdaderamente, ya va llegando el momento de morir; todo lo demás son tonterÃas. Te diré, con el corazón en la mano, que estimo mucho mi actividad y mi idea, pero que sólo pienso en esto: toda nuestra existencia es como un moho que ha crecido sobre este minúsculo planeta. ¡Y nosotros imaginamos que podemos hacer algo enorme! ¡Ideas, asuntos! Todo eso no son más que granos de arena.
–Lo que dices es viejo como el mundo.
–Es viejo, sÃ; pero cuando pienso en ello todo se me aparece despreciable. Cuando se comprende que hoy o mañana has de morir y que nada quedará de ti, todo se te antoja sin ningún valor. Yo considero que mi idea es muy trascendente y, al fin y al cabo, aun realizándose, es tan insignificante como, por ejemplo, matar esta osa. Asà nos pasamos la vida entre el trabajo y las diversiones, sólo para no pensar en la muerte.
Esteban Arkadievich sonrió, mirando a su amigo con afecto y leve ironÃa.
–¿Ves cómo participas de mi opinión? ¿Recuerdas que me afeabas que buscase los placeres de la vida? Ea, moralista, no seas tan severo…
–Sin embargo, en la vida hay de bueno… lo… que… –y Levin, turbado, no pudo terminar–. En fin: no sé; sólo sé que moriremos todos muy pronto.
–¿Por qué muy pronto?