Ana Karenina
Ana Karenina –Mira: cuando se piensa en la muerte, la vida tiene menos atractivos, pero uno se siente más tranquilo.
–Al contrario… Divertirse en las postrimerÃas es más atractivo aún. En fin, tengo que marcharme –dijo Esteban Arkadievich, levantándose por décima vez.
–Quédate un poco más –repuso Levin, reteniéndole–. ¿Cuándo nos veremos? Me marcho mañana.
–¡Caramba! ¿En qué pensaba yo? ¡Y venÃa especialmente para eso ! Ve hoy sin falta a comer a casa. Estará tu hermano. También estará mi cuñado Karenin.
–¿Está aquÃ? –indagó Levin. Y habrÃa querido preguntar por Kitty. SabÃa que a principios de invierno ella habÃa estado en San Petersburgo, en casa de su otra hermana, la esposa del diplomático, y ahora ignoraba si estaba ya de vuelta.
Dudaba si preguntar o callarse. «Vaya o no, es igual», se dijo.
–¿Vendrás?
–Desde luego.
–Pues acude a las cinco, de levita.