Ana Karenina
Ana Karenina –SÃ; ése es el mejor medio –dijo, masticando el queso y vertiendo un vodka especial en la copa de uno de los invitados.
La discusión, en efecto, concluyó con aquella broma.
–No está mal este queso –dijo el anfitrión–. PermÃtanme que les ofrezca. ¿Has empezado otra vez a hacer gimnasia? ––dijo a Levin, palpándole con su mano izquierda los bÃceps.
Este sonrió, contrajo el brazo y, entre los dedos de Esteban Arkadievich, se levantó un bulto, redondo como un queso, bajo el fino paño de la levita de su amigo.
–¡Menudos bÃceps! ¡Eres un Sansón!
–Para cazar osos debe de necesitarse seguramente una fuerza poco común –dijo Karenin, que tenÃa una idea muy vaga de la caza, mientras untaba pan con queso, rompiendo, al hacerlo, la rebanada, delgada como una telaraña.
Levin sonrió.
–Ninguna. Al contrario. Hasta un niño puede matar un oso –dijo.