Ana Karenina
Ana Karenina Y, haciendo un leve saludo, dejó paso a las señoras, que se acercaban a la mesa para tomar bocadillos.–Me han dicho que ha matado usted un oso –dijo Kitty, tratando en vano de pinchar con el tenedor una seta lisa y rebelde, y sacudiendo las puntillas entre las cuales brillaba su mano blanca–. ¿Hay osos en su propiedad? –añadió, volviendo a medias su hermosa cabecita y sonriendo.
Al parecer, nada había de extraordinario en lo que había dicho, pero ¡qué inexplicable significación palpitaba para él en cada sonido y cada movimiento de sus labios, de sus ojos, de su mano, al hablar! Había en ellos súplica de que la perdonara, confianza en él, caricia, una caricia suave y tímida, promesa esperanza… y amor, un amor que le anegaba en felicidad.
–No. He ido a la provincia de Tver. Al regreso encontré en el tren a su cuñado, o mejor dicho, al cuñado de su cuñado. Fue un encuentro divertido.
Y relató animadamente, divirtiéndole mucho, que, después de no haber dormido en toda la noche, se introdujo en el departamento de Karenin vistiendo su pelliza de piel de oveja.