Ana Karenina

Ana Karenina

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–Al contrario del refrán , el revisor, viendo mi indumentaria, trató de impedirme el paso, pero empecé a soltar algunas expresiones algo fuertes… También usted –dijo Levin dirigiéndose a Karenin, cuyo nombre había olvidado– quiso primero hacerme salir, juzgándome por mi pelliza de piel de cordero. Pero luego intervino en mi favor y se lo agradecí profundamente.

–En general, los derechos de los viajeros a los asientos son muy inconcretos –repuso Alexey Alejandrovich limpiándose los dedos con el pañuelo.

–Yo notaba que usted estaba indeciso con respecto a mí –dijo Levin, riendo bonachón–. Por eso me apresuré a iniciar una charla culta para tratar de borrar el aspecto de mi zamarra.

Sergio Ivanovich, que hablaba con la dueña y atendía a medias a su hermano, le miró de reojo.

«¿Qué le pasará? Tiene el aspecto de un triunfador», pensó. Ignoraba que Levin sentía como si le crecieran alas. Sabía que Kitty oía sus palabras y que el oírlas la halagaba, y esto le absorbía completamente. Le parecía que no sólo en aquella estancia sino en todo el mundo, no existían más que dos seres: él, que había alcanzado ahora ante sí mismo una enorme trascendencia, y ella. Sentíase a una altura tal que experimentaba vértigos. Y abajo, muy abajo, parecíale ver a aquellos simpáticos y bondadosos amigos: los Karenin, los Oblonsky y todos los demás…


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