Ana Karenina
Ana Karenina De un modo natural, sin reparar en ello, sin mirarles, como si no hubiese otro sitio donde ponerles, Esteban Arkadievich hizo sentar a Kitty y Levin uno al lado del otro a la mesa.
–Puedes sentarte aquà –dijo a Levin.
La comida fue tan buena como la vajilla, a la que Oblonsky era muy aficionado. La sopa Marie–Louise resultó excelente, las diminutas empanadillas, que se deshacÃan en la boca como agua, no tenÃan reproche. Dos lacayos y Mateo, con corbatas blancas, servÃan vinos y manjares sin que se reparase en ellos apenas, hábil y silenciosamente. Si la comida resultó bien en el aspecto material, no fue peor en lo espiritual. La conversación, ya generalizada, ya parcial, no cesaba. Al final de la comida, los hombres se levantaron de la mesa sin dejar de hablar, y hasta Karenin se animó.