Ana Karenina
Ana Karenina
Levin bebió el vino de su copa. Ambos callaron.
–Tengo algo más que decirte –indicó, al fin, Esteban Arkadievich–. ¿Conoces a Vronsky?
–No. ¿Por qué?
–Trae otra botella ––dijo Oblonsky al tártaro, que acudÃa siempre para llenar las copas en el momento en que más podÃa estorbar. Y añadió:
–Porque es uno de tus rivales.
–¿Quien es ese Vronsky? –preguntó Levin.
Y el entusiasmo infantil que inundaba su rostro cedió el lugar a una expresión aviesa y desagradable.
–Es hijo del conde Cirilo Ivanovich Vronsky y uno de los más bellos representantes de la juventud dorada de San Petersburgo. Le conocà en Tver cuando servà allÃ. Él iba a la oficina para asuntos de reclutamiento. Es apuesto, inmensamente rico, tiene muy buenas relaciones y es edecán de Estado Mayor y, además, se trata de un muchacho muy bueno y muy simpático. Luego le he tratado aquà y resulta que es hasta inteligente e instruido. ¡Un joven que promete mucho!
Levin, frunciendo las cejas, guardó silencio.
–Llegó poco después de irte tú y se ve que está enamorado de Kitty hasta la locura. Y, ¿comprendes?, la madre…