Ana Karenina
Ana Karenina –Perdona, pero no comprendo nada ––dijo Levin, malhumorado.
Y, acordándose de su hermano, pensó en lo mal que estaba portándose con él.
–Calma, hombre, calma ––dijo Esteban Arkadievich, sonriendo y dándole un golpecito en la mano–. Te he dicho lo que sé. Pero creo que en un caso tan delicado como éste, la ventaja está a tu favor.
Levin, muy pálido, se recostó en la silla.
–Yo te aconsejarÃa terminar el asunto lo antes posible –dijo Oblonsky, llenando la copa de Levin.
––Gracias; no puedo beber más –repuso Levin, separando su copa–. Me emborracharÃa. Bueno, ¿y cómo van tus cosas?–– continuó, tratando de cambiar de conversación.
–Espera; otra palabra –insistió Esteban Arkadievich–. Arregla el asunto lo antes posible; pero no hoy. Vete mañana por la mañana, haz una petición de mano en toda regla y que Dios te ayude.
–Recuerdo que querÃas siempre cazar en mis tierras –––dijo Levin–. ¿Por qué no vienes esta primavera?