Ana Karenina

Ana Karenina

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Ahora lamentaba profundamente haber iniciado aquella conversación con Oblonsky, pues se sentía igualmente herido en sus más íntimos sentimientos por lo que acababa de saber sobre las pretensiones rivales de un oficial de San Petersburgo, como por los consejos y suposiciones de Esteban Arkadievich.

Oblonsky, comprendiendo lo que pasaba en el alma de Levin, sonrió.

–Iré, iré… –dijo–. Pues sí, hombre: las mujeres son el eje alrededor del cual gira todo. Mis cosas van mal, muy mal. Y también por culpa de ellas. Vamos: dame un consejo de amigo –añadió, sacando un cigarro y sosteniendo la copa con una mano.

–¿De qué se trata?

–De lo siguiente: supongamos que estás casado, que amas a tu mujer y que te seduce otra…

–Dispensa, pero me es imposible comprender eso. Sería como si, después de comer aquí a gusto, pasáramos ante una panadería y robásemos un pan.

Los ojos de Esteban Arkadievich brillaban más que nunca.

–¿Por qué no? Hay veces en que el pan huele tan bien que no puede uno contenerse:

Himmlisch ist's, wenn itch bezwungen Meine irdische Begier; Aber doch wenn's nicht gelungen Hatt' ich auch recht hübsch Plaisir!.


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