Ana Karenina

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Y, después de recitar estos versos, Esteban Arkadievich sonrió maliciosamente. Levin no pudo reprimir a su vez una sonrisa.

–Hablo en serio –siguió diciendo Oblonsky–. Comprende: se trata de una mujer, de un ser débil enamorado, de una pobre mujer sola en el mundo y sin medios de vida que me lo ha sacrificado todo. ¿Cómo voy a dejarla? Suponiendo que nos separemos por consideración a mi familia, ¿cómo no voy a tener compasión de ella, cómo no ayudarla, cómo no suavizar el mal que le he causado?

–Dispensa. Ya sabes que para mí las mujeres se dividen en dos clases… Es decir.. no… Bueno, hay mujeres y hay… En fin: nunca he visto esos hermosos y débiles seres caídos, ni los veré nunca; pero de los que son como esa francesa pintada de ahí fuera, con sus postizos, huyo como de la peste. ¡Y todas las mujeres caídas, para mí, son como ésa!

–¿Y qué me dices de la del Evangelio?

–¡Calla, calla! Nunca habría Cristo pronunciado aquellas palabras si llega a saber el mal uso que había de hacerse de ellas. De todo el Evangelio, nadie recuerda más que esas palabras. De todos modos, no digo lo que pienso, sino lo que siento. Aborrezco a las mujeres perdidas. A ti te repugnan las arañas; a mí, esta especie de mujeres. Seguramente no has estudiado la vida de las arañas, ¿verdad? Pues yo tampoco la de…


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